México hace historia; Ya esta entre los mejores equipos en el mundial 2026
Por: Agencias, 01-07-2026 .
Ciudad de México.- México juega la Copa del Mundo de las primeras veces; la primera con una fase de grupos perfecta; la del debut del jugador más joven de la selección en una cita mundialista; la del único estadio, el Azteca, que es anfitrión de tres inauguraciones y alcanza al fin un quinto partido que se negaba desde 1986. El equipo nacional hace cosas inéditas en escenarios que no dan segundas oportunidades. La victoria sobre Ecuador (2-0), sellada con los goles de Julián Quiñones y Raúl Jiménez -goleadores que también se estrenaron hace apenas unos partidos-, saltó la barrera de los dieciseisavos de final para volver a la instancia de los 16 mejores, la tierra prometida por el técnico Javier Aguirre.
En las rondas de eliminación directa, cada sede de la Copa despide a una selección. Mientras una afición canta porque sigue adelante, la otra, en silencio, calcula el precio de los boletos a casa. El partido no empezó a tiempo. Una tormenta eléctrica obligó a un retraso de 60 minutos, pero la fiesta siguió, se mantuvo viva. Más de 80 mil 800 personas intuyeron en el Azteca que estaban ahí para ser testigos de algo extraordinario, ese impulso de salir corriendo hacia el Ángel de la Independencia y las plazas públicas, lugares donde los millones de aficionados que no suelen interesarle a la FIFA, para trasnochar entre el estruendo del mariachi, las canciones de Juan Gabriel y esa letanía dulce que es el Cielito Lindo.
«La afición se ha convertido en el jugador número 12”, admitió el lunes Aguirre desde la sala de prensa del Azteca, hoy nombrado por la FIFA Estadio Ciudad de México. El retraso por la lluvia lo demostró al día siguiente. Porque, durante esa hora de espera, los miles de asistentes resguardados debajo de impermeables y chamarras bailaron y cantaron al ritmo de Pedro Infante y Espinoza Paz. Soportaron el frío de la noche con el “¡México, México!” y el agite de banderas tricolores que pintaron gradas del Coloso de Santa Úrsula. Un concierto monumental que no necesitó el montaje de ningún otro escenario.
“¿Y si sí?”, se leía en carteles gigantescos que las pantallas proyectaban. Aquella expresión no pedía respuesta: era acaso la pequeña rendija por donde entraba la fe de los mexicanos en este Mundial de las primeras veces. Hombres con bigotes postizos, mujeres con faldas de china poblana y personajes de la lucha libre, todos sostenían la ilusión durante el limbo de la tormenta.
Cuando el árbitro dio la orden, el destino volvió a su sitio. Gilberto Mora, el chico de 17 años que juega con la insolencia de los que no conocen el miedo, ensayó el primer remate al arco. Recibió un pase de Jorge Sánchez y buscó el ángulo derecho, pero la pelota se fue alta. Si la afición lamentó aquella jugada, las dos siguientes resultaron todavía más difíciles de superar: Raúl Jiménez cabeceó solo un centro de Luis Romo y la mandó fuera; minutos después, el propio Mora levantó al público de sus asientos con un derechazo que el portero Hernán Galíndez sólo pudo mirar mientras rozaba el poste.
Ecuador replicó con la velocidad de John Yeboah, quien inventó un túnel ante César Montes y sacó un zurdazo que sacudió la red, pero por fuera. Entonces, la mejor respuesta llegó en los pies de Julián Quiñones, quien comandó un contragolpe de Roberto Alvarado y definió con un derechazo al ángulo para el 1-0 (22). Un estallido total. La gente en el Azteca se arremolinó en los pasillos, volaron cervezas, abrazos y cientos miraron a las pantallas para repetir el festejo del colombiano naturalizado mexicano, perseguido por sus compañeros para el abrazo final.
Cinco minutos más tarde, el partido se rompió. Jiménez, quien arrastraba una sequía goleadora con la selección hasta este torneo, aprovechó un fallo en la salida de la defensa ecuatoriana. Tiró una pared con Quiñones y, casi cayéndose, puso la pelota pegada al poste con el pie derecho. En el centro de toda esa arquitectura ofensiva estuvo Mora, el adolescente que se divierte donde otros sufren. El miércoles había sido titular ante República Checa, pero su ambición es de otra naturaleza. Pidió la pelota, estiró la cancha, entendió los silencios de su rival. Cuando Aguirre lo sacó cerca de la hora de juego, el estadio se puso de pie para rendirle una ovación que sólo se le da a los elegidos.
Lo que vino después fue el trámite de los excesos de confianza. México se supo superior y se dedicó a administrar la ventaja. Johan Vásquez y Orbelín Pineda pudieron aumentar la ventaja, pero perdonaron. Reapareció el grito homofóbico contra los porteros y, atrás, Raúl Rangel -el primer arquero mexicano que encadena cuatro victorias con el arco invicto en un Mundial- dudó en un par de salidas aéreas, aunque Ecuador ya no tenía alma para castigar. El colapso definitivo de los sudamericanos llegó cuando Piero Hincapié vio la tarjeta roja tras insultar a Santiago Giménez tapándose la boca, una conducta que el VAR desnudó sin prisa.
“Porque cantando se alegran, Cielito lindo, los corazones…”. La melodía bajó de las tribunas en los minutos finales, poderosa, unánime. No era solo un canto de victoria; era el motor de una fe que ya no tiene frenos. Para mantener vivo este estado de gracia, la selección mexicana espera ahora en octavos de final al sobreviviente del duelo entre Inglaterra y el Congo. La cita de dicha serie será en Atlanta, pero la cabeza de este país ya piensa en el próximo domingo, otra vez con su mítico templo de futbol de fondo, como su casa. (Alberto Aceves, Víctor Camacho y Germán Canseco/La Jornada).